30 diciembre, 2016

El medio paso que cambiará tu vida


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Post escrito por Leo Babauta


Te sorprendería saber cuántos mensajes de correo recibo donde las personas dicen estar atascadas en sus vidas.

Están arruinadas, desmotivadas, en un trabajo que odian, no pueden encontrar su pasión o no logran motivarse para ponerse saludables.

Y no saben por dónde empezar.

Duele leer estos mensajes pues vuelve a la vida el sufrimiento que pasé por no hace muchos años, cuando yo también estaba atascado.

Conozco el sentimiento de desesperación cuando estás insatisfecho con tu vida y no sabes cómo cambiar. Cuando has intentado un montón de cambios, pero no puedes tener la disciplina para hacer que perduren. Cuando sientes que apestas porque sabes que deberías poner manos a la obra y comenzar a mejorar tu vida, pero prefieres posponerlo para otro día.

Los problemas se van cuando los ignoras, ¿cierto?

Yo también sé que hay realmente sólo una forma de salir de este atolladero de desesperación.

Se trata de hacer algo, no importa qué tan pequeño sea.

Tú no necesitas solucionar todo en tu vida en este mismo momento. No necesitas ni siquiera solucionar un problema.

Sólo necesitas hacer una pequeña, minúscula, mínima, cosa.

Haz una lista. Sal y da una vuelta. Deshazte de un poco de tu comida chatarra. Despeja la mesa de tu cocina. Cancela algo para mañana de tal manera que puedas tener tiempo para crear algo, aunque sea poco.

No hagas todas estas cosas. Haz una. O la mitad de una, o una milésima parte. No importa su tamaño; entre más pequeña, mejor.

Da ese primer paso. Celébralo. Ama el paso, no el destino. Ese paso, incluso el movimiento de levantar el primer pie del suelo y moverlo hacia adelante, lo es todo.

Ésa es la verdad y no la leerás en muchos de los libros de autoayuda: pon cada micropartícula de tu existencia en ese medio paso, no seas nada más que ese primer paso, ámalo con todo lo que posees... y tu vida habrá cambiado.

Con este medio paso todo es diferente. No has logrado ningún objetivo, pero te has movido. No has creado algo sorprendente... y aún así, más que nunca antes, lo has hecho.

Has creado belleza, alegría y movimiento donde antes no existía nada, donde previamente sólo vivía la opresión, la parálisis y la confusión. Tú has cambiado el mundo.

El primer hábito

Escoge un hábito pequeño para añadir alegría a tu vida. Sólo uno, y si es diminuto, es milagroso.

Puede ser escribir, pintar o hacer música por dos minutos al día. Puede ser una caminata súper ligera, trotar o disfrutar un tazón de fruta. Pueden ser dos minutos de meditación o de reflexión en un diario.

Disfrútalo a lo grande.

Crea este único hábito y ya tienes un éxito. Ésta es una base, un primer paso, para construir a partir de allí.

Entonces ya puedes hacer un segundo, y un tercero, pero no puedes crearlos sin un primer hábito.

No transformes tu vida entera. Sólo cambia esta pequeña cosa.

Te sorprenderás de lo mucho que importa. Yo lo hice.


Traducción: Leonardo Almeida
Artículo original

21 diciembre, 2016

¿Quién tiene la culpa, el sistema o el individuo?



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Quien fracasa en la sociedad neoliberal del rendimiento se hace a sí mismo responsable y se avergüenza, en lugar de poner en duda a la sociedad o al sistema. En esto consiste la especial inteligencia del régimen neoliberal. No deja que surja resistencia alguna contra el sistema. […] En el régimen neoliberal de la autoexplotación uno dirige la agresión hacia sí mismo. Esta autoagresividad no convierte al explotado en revolucionario, sino en depresivo.
|Byung-Chul Han, Psicopolítica: Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder

Interesante reflexión aunque también me deja la duda de hasta qué punto es capaz el individuo de actuar independientemente del sistema para cambiarlo. Es claro que el sistema tiene fallas, pero no hay que dejar de lado el papel del individuo dentro del mismo. Por eso es un sistema: todos formamos parte de él y si hay algo que se pueda cambiar comienza por uno mismo.

De nada sirve culpar al sistema de nuestros «fracasos» y «errores» si no hacemos nada para modificarlo y hacer que esas piezas fundamentales que somos, los engranajes, pivotes, circuitos o como sea, funcionen.

El problema está en encontrar el correcto equilibrio entre lo que se hace individualmente y lo que se hace colectivamente. Culpar al sistema o al gobierno es, en muchos casos, un pretexto para quitarnos la propia responsabilidad de luchar. Las revoluciones suelen fracasar cuando llegan al poder porque arrastran entre sus filas a individuos llenos de los mismos vicios que poseían los detentores del gobierno, además de que se libera el demonio de la opresión que se soportó durante tanto tiempo.

Las teorías conspirativas que todos conocemos, donde una élite dominante rige el acontecer del mundo, tienen bastante de esa evasión de la propia responsabilidad. «Si algo malo pasa es que está planeado de esa manera», dicen. Más allá de la veracidad o no de esas teorías (no me toca discutirlas en este blog), su existencia justifica para muchos lo que antes era atribuida al destino o alguna deidad: no se puede hacer nada para cambiar lo que sucede. Mi pregunta es: ¿de verdad estamos atados de pies y manos para permanecer condenados hasta que la muerte llegue y nos libere de las desgracias (como desgracia final)?

Realmente ahora no puedo contestar esa pregunta ni siquiera con una hipótesis, pero me atrevo a decir que el sólo hecho de que exista una posibilidad le otorga existencia virtual: la libertad es posible, hasta cierto punto, y hay que irse examinando personalmente para darnos cuenta de cuáles son los límites que nos detienen de avanzar. ¿Es el miedo al fracaso? ¿La pereza? ¿Alguna creencia limitante? ¿Un prejuicio?

Naturalmente esto no es tan fácil y no se resuelve con una pequeña discusión de escritorio en internet. No sé. Ojalá que entre todos podamos construir una respuesta adecuada a la pregunta: ¿quién tiene la culpa, el sistema o el individuo? O quizá esa no sea la pregunta importante sino ¿qué puedo hacer hoy para cambiar mi realidad? Cualquiera que sea la cuestión, es hora de ajustarse el cinturón. Tu salud mental (y tu supervivencia), la mía y la de la humanidad entera dependen de ello.





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